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Ombra Festival : Hablamos con sus organizadores

"No entendemos el festival únicamente como un espacio de entretenimiento, sino como un lugar donde música, imagen y discurso conviven y dialogan con el contexto social y cultural en el que vivimos"

  • Autor: Fede Cortina // Fotos: Miguel Silva
  • 26 January 2026
Ombra Festival : Hablamos con sus organizadores

El festival, celebrado del 4 al 7 de diciembre, ha marcado un hito: Ombra Festival se convirtió en el primer evento cultural en ocupar durante cuatro días consecutivos Las Tres Chimeneas de Sant Adrià de Besòs, un icono del brutalismo industrial del área metropolitana de Barcelona que, desde ahora, se perfila como su nueva sede estable.

Para cerrar 2025, Ombra Festival fue una de las experiencias más impactantes que he visto a nivel musical y de producción. Más de 8.000 personas recorrieron los muros de hormigón de las Tres Chimeneas, consolidando a Ombra como un referente cultural contemporáneo en Catalunya.

Quienes vivimos esta primera edición bajo las chimeneas sabemos que, aunque se repita, siempre podremos decir: yo estuve en la primera.

En la pista se escuchaban comentarios constantes:
—“Wow, esto es increíble”
—“Es como estar en Berghain, pero mejor”
—“Soñaba con venir a una fiesta aquí desde hace años”

El sound system fue simplemente impresionante, con VTECNICS supervisando cada detalle. Friendly reminder: el año que viene, no olvidéis los tapones. Los oídos también quieren llegar vivos a 2026.

Musicalmente, Ombra vuelve a demostrar que es un festival para descubrir. Su curaduría —que abarca electro, techno, new beat y todo el espectro dark wave— confirma una identidad clara y sin concesiones.

Y ahora sí, la música. El cierre de The Source Experience fue, sin exagerar, uno de los mejores en la historia del festival. Destacar artistas sería interminable, pero hubo sets que dejaron huella: Nicolas Lutz, Gab Gato, Luke Eargoggle, Flash Zero, entre otros.

Con este contexto, hablamos con Nico y Raúl, organizadores principales de Ombra Festival.

¿Cómo estáis después de semejante trabajo?

La verdad es que todavía estamos digiriendo todo lo que ha ocurrido, aterrizando la experiencia. Ha sido muy intenso, pero al mismo tiempo estamos llenos de felicidad. Ver que, una vez más, todo el esfuerzo que ha puesto el equipo da su fruto es profundamente emocionante.

Este festival es el resultado de un grupo de personas que vive la experiencia sin condiciones y se entrega por completo para trasladarla al público. Y lo más bonito ha sido ver cómo mucha gente, tanto quienes nos acompañan cada año como quienes se suman por primera vez, se van con una sonrisa y palabras de agradecimiento. Eso nos coloca en una nube. Literalmente.

A mí me costó recuperarme emocionalmente después del festival. ¿Cómo lo vivisteis vosotros? ¿Pudisteis disfrutar algo de la pista o estuvisteis los cuatro días controlando que todo funcionara?

Para ser totalmente sinceros, en mi caso sí pude disfrutar de algunos momentos. Intenté gestionarlo para poder ver partes de la programación que había elegido de manera más personal. Tuve pequeños momentos de evasión, viendo alguna banda y, especialmente, el cierre del domingo en Operator, que viví casi completo y fue muy especial.

Dicho esto, como podéis imaginar, es un proyecto que requiere atención constante. Hay que estar disponibles para cualquier situación que necesite nuestra presencia. En ese sentido, el equipo es increíble: muy humano y muy profesional. Poder delegar en ellos libera una parte importantísima del trabajo.

Aun así, la atención nunca se apaga del todo. Hay una responsabilidad muy grande para que todo funcione y la experiencia sea realmente única. Pero también buscamos huecos, quizá no para ver conciertos enteros, pero sí para compartir ratos con amigos y con esa familia que es la comunidad del festival. Esos momentos también forman parte de la experiencia.

En pocas palabras, ¿cómo describiríais la evolución de Ombra?

OMBRA empezó como una reunión de amigos con la intención de programar bandas y propuestas que nos habían influenciado desde el inicio. Era algo muy orgánico, casi íntimo, nacido desde la pasión.

Con el tiempo, la evolución ha sido evidente. Este año tuvimos la sensación clara de que el proyecto había crecido, y cuando eso ocurre hay que atenderlo con cuidado. Hoy ya no es solo una fiesta entre amigos ni únicamente un festival: es un espacio que necesita atención constante para seguir siendo lo que es.

Como indica nuestro lema, OMBRA quiere seguir siendo eso: un Unusual Sounds Gathering.

La curaduría musical de Ombra es muy reconocible y coherente año tras año. ¿Cómo es vuestro proceso de selección de artistas?

Es un proceso lento y muy orgánico que dura todo el año. Tanto Nico como yo hacemos un trabajo muy exhaustivo de búsqueda y escucha. Para nosotros es fundamental intentar escuchar todo el material que nos llega.

Buscamos un equilibrio entre artistas con trayectoria y proyectos más recientes que representan vanguardia y una altísima calidad artística. Nos importa que las propuestas encajen entre sí, que el cartel tenga sentido como conjunto y que permita descubrir cosas nuevas.

Y eso ya lo estamos viendo: personas que vienen de sonidos más clásicos y conectan con propuestas contemporáneas, y gente joven que descubre proyectos más antiguos y queda completamente atrapada. Ese cruce es muy importante para nosotros.

¿Qué papel juega el equipo que hay detrás de Ombra y cómo se organiza una maquinaria así durante cuatro días?

Gran parte del éxito de Ombra está en el equipo humano. Hay una base estable de personas que trabajan durante todo el año y, durante el festival, esa estructura se amplía en una coordinación muy profesional entre distintas áreas.

Lo más importante es que el equipo ha hecho el proyecto suyo. No son personas que aparecen solo durante el evento: viven Ombra en el día a día. Y eso no se puede comprar.

Desde la entrada hasta la parte técnica y artística, todo forma parte de una misma experiencia. Aquí quiero destacar especialmente a Irene, Muto, Mihail, Emma, Andrés, Alberto, Sergi, y al equipo de diseño y comunicación, Ivi e Ivet, cuyo trabajo es fundamental durante todo el año.
Y, por supuesto, a Nico, mi socio, con quien trabajo mano a mano constantemente para mantener esa sintonía que el proyecto necesita.

Ombra es un trabajo colectivo, honesto y muy humano, que se construye desde dentro y se siente desde fuera.

Para que la gente sea consciente de lo que implica levantar algo así —artistas, localización, personal, seguros, producción—, ¿qué nivel de inversión requiere un festival como Ombra?

Es una pregunta importante, porque ayuda a entender la dimensión real del proyecto. El coste exacto es difícil de calcular y, en parte, es una información más privada, pero sí podemos decir que cada año intentamos encontrar un equilibrio entre el tiempo, el esfuerzo y el dinero que implica organizar algo así.

Hasta la fecha, Ombra no ha sido un festival rentable. Nuestro objetivo es que lo sea en el futuro, pero sobre todo que sea sostenible. Cada vez contamos con más apoyo por parte de la administración y de algunos patrocinadores, y eso es fundamental, pero aun así hay una cantidad enorme de costes que se asumen durante todo el año.

También es una decisión consciente no crecer de manera descontrolada en número de asistentes. Queremos mantener cierta cordura y poder seguir ofreciendo una propuesta de calidad, cuidando tanto al público como a los artistas.

Es importante decir que hay muchas personas dentro del proyecto que no cobran o lo hacen muy por debajo de lo que sería el coste real de un profesional de su nivel. Esto habla del compromiso que existe con el festival. Si tuviéramos que remunerar todo ese trabajo como correspondería, el proyecto sería completamente inviable. Ombra es posible gracias a ese esfuerzo colectivo que va mucho más allá de lo económico.

El festival se muestra como transgresor, con un mensaje claro hacia la sociedad, visible en las proyecciones y visuales que abordan temas políticos, culturales y educativos. ¿Cómo elegís este tipo de acciones y discursos?

La propuesta artística de Ombra nace de una necesidad de expresión honesta. No entendemos el festival únicamente como un espacio de entretenimiento, sino como un lugar donde música, imagen y discurso conviven y dialogan con el contexto social y cultural en el que vivimos.

Las acciones y los visuales no responden a una provocación gratuita. Surgen de una reflexión constante sobre el mundo que habitamos, sobre aquello que nos inquieta o creemos que merece ser cuestionado. No hay una fórmula cerrada, sino una sensibilidad compartida.

Trabajamos con artistas visuales que entienden el espacio y la responsabilidad que implica comunicar desde un escenario. No buscamos adoctrinar ni imponer un mensaje único. Nos interesa abrir preguntas, provocar reflexión, incomodar a veces y emocionar otras.

Ombra propone un espacio crítico y libre, donde conviven diferentes generaciones y sensibilidades. Que alguien venga atraído por la música y se encuentre con un discurso visual que le haga pensar forma parte de la experiencia que queremos generar.

¿Sentís una responsabilidad cultural o social a la hora de construir el festival?

Sí, sin duda. El festival nace de una inquietud personal por dar a conocer propuestas artísticas que nos gustan y en las que creemos, pero con los años esa inquietud se ha transformado también en una responsabilidad.

Soy padre de dos hijos adolescentes y observo mucho lo que ocurre alrededor de la gente más joven. Las opciones culturales que se les ofrecen son, muchas veces, muy limitadas y masificadas, con poco contenido o contexto detrás. En ese sentido, sentimos la necesidad de ofrecer algo diferente, más elaborado y con una base cultural y social más sólida.

No se trata de adoctrinar ni de que la gente siga nuestras ideas, sino de ofrecer opciones. Que alguien llegue al festival, escuche algo que no conoce y sienta curiosidad por investigar qué hay detrás.

Recuerdo una escena muy significativa durante el cierre de The Source Experience. Había una chica joven con el móvil encendido; no estaba grabando ni sacando fotos, sino leyendo en Wikipedia quién era el artista que estaba escuchando. Ese gesto, tan sencillo, resume muy bien el sentido cultural y social de Ombra.

Además de organizadores, sois artistas, y no de un solo proyecto. Nos encantaría que nos contéis más sobre vuestra faceta musical.

Lo de artista siempre lo digo con cierto pudor. En mi caso llevo pinchando música desde hace muchos años, pero nunca lo he entendido como algo profesional. Siempre ha sido una pasión, una manera de mantenerme conectado con la música.

Sigo comprando vinilos y haciendo alguna sesión cuando se da la oportunidad, desde un lugar muy libre, sin presión ni expectativas más allá del disfrute.

Quien sí tiene una faceta más profesional es Nico, con su sello discográfico ‘Oráculo’ y una labor constante de edición y curaduría que tiene una proyección muy fuerte a nivel internacional. Ombra nace, en parte, de ese cruce entre una faceta más profesional y otra más pasional, y para mí no genera conflicto porque todo parte del mismo lugar: el amor por la música y la cultura.

Para cerrar, ¿qué mensaje os gustaría dejar al público?

Lo primero es dar las gracias. Gracias por venir, por participar, por conectar y por formar parte de algo que va mucho más allá de un festival. El comportamiento del público de Ombra es una parte fundamental de la experiencia.

Se habla mucho del espacio y de la música, pero yo destacaría sobre todo la energía. Esa sensación que se respira al entrar y que no la crea solo la programación, sino la gente. Es un público respetuoso, sensible y muy consciente, y eso hace que la experiencia sea realmente especial.

A quienes lleváis acompañándonos desde hace años, gracias de corazón. Intentaremos seguir trabajando para mantener esa energía. Y a quienes todavía no conocen el proyecto, les invitamos a vivirlo en primera persona.

Artistas que llevan décadas girando nos dicen que lo que han vivido aquí quizá no lo han vivido en toda su carrera. Y otros que vienen a tocar por primera vez vuelven al año siguiente simplemente como público. Eso, para nosotros, lo dice todo.

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