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¿Está cambiando la forma en la que salimos de fiesta?

El contexto económico, las nuevas generaciones y el precio real de la fiesta.

  • Juanma Molina
  • 1 September 2026
¿Está cambiando la forma en la que salimos de fiesta?

Normalmente hay una pregunta que ronda entre promotores y profesionales de la industria: ¿consume la gente cada vez menos alcohol? La pregunta también podría plantearse de otra forma, ¿está equilibrado el poder adquisitivo de las nuevas generaciones con el precio actual de clubs, salas y festivales? Comparar el contexto de hace 30 o 40 años carece de sentido, ni el coste del día a día era el mismo, ni tampoco lo eran los hábitos, las costumbres o las opciones de ocio disponibles.

Hubo un tiempo en el que parecía que salir de fiesta se estaba convirtiendo en el equivalente a adquirir un artículo de lujo, sobre todo en territorios como Ibiza, donde se llegó a hablar de entradas en torno a los 100 euros, copas de 20 euros o refrescos de entre 12 y 15 euros. Si se ofrecía a esos precios era porque existía demanda, y recordando aquella mítica frase que cierto político pronunció una vez en este país, "eso es el mercado, amigo". Pero lo cierto es que, con el tiempo, muchos clubs y salas de la isla decidieron recoger cable y bajaron hasta un 70% el precio de sus copas, al tiempo que se popularizaba el ya conocido "bonocopas".

Ese ajuste no fue casualidad. La industria empezó a notar que el modelo de precios inflados tenía un techo, y que ese techo coincidía, cada vez más, con lo que el bolsillo de las nuevas generaciones podía aguantar. Hoy, salir de fiesta compite con otros muchos gastos fijos, como el alquiler, la vivienda o el día a día, en un contexto muy distinto al de hace 30 o 40 años, cuando el ocio nocturno ocupaba un lugar casi indiscutible en el presupuesto de cualquier joven. La ecuación ha cambiado, y con ella también lo ha hecho la forma de entender qué merece la pena pagar y qué no dentro de una noche de fiesta.

Pero además del factor puramente económico, hay otro elemento que empieza a pesar cada vez más en esta ecuación: lo healthy está de moda. Y no hablamos solo de comer bien o hacer deporte, sino de una forma distinta de entender el ocio y el consumo, que también ha llegado a la fiesta. Cada vez es más habitual ver cómo el bienestar, el descanso y el cuidado del cuerpo condicionan las decisiones de una generación que ya no concibe la noche exclusivamente en torno al alcohol.

Los datos confirman que el consumo de alcohol entre los jóvenes lleva años en caída. Según el último informe del Ministerio de Sanidad, elaborado a partir de la Encuesta de Salud de España, el consumo habitual de alcohol en la población de 15 a 24 años ha caído casi un 60% desde 2006, la reducción más intensa de todos los grupos de edad analizados. En términos generales, el 31,1% de la población española consumía alcohol al menos una vez por semana en 2023, frente al 48,4% registrado en 2006.

Ahora bien, cabe preguntarse si esta prioridad por el autocuidado está transformando también nuestra manera de entender el ocio. Nadie discute los beneficios de apostar por el bienestar personal, pero conviene reflexionar sobre si las nuevas generaciones no están renunciando, en parte, a algunos espacios tradicionales de socialización por levantarse un sábado a las ocho de la mañana para entrenar y cumplir con una rutina planificada al milímetro. ¿Puede la popularización de estos hábitos generar, a gran escala, algún tipo de desequilibrio?

El debate no debería reducirse a elegir entre salir de fiesta o levantarse temprano para entrenar. Tampoco se trata de convertir el día a día en una competición permanente ni de perseguir constantemente una versión idealizada de nosotros mismos. El verdadero reto está en no caer en las autoprohibiciones, en la romantización de una disciplina entendida como una obligación permanente ni en la estigmatización del disfrute. Quizá el riesgo no esté en cuidarse más, sino en convertir ese cuidado en una forma de medir constantemente nuestro rendimiento. Cuando el foco se desplaza casi por completo hacia el individuo, existe el peligro de que el tiempo compartido, la comunidad o lo colectivo vayan perdiendo espacio frente a objetivos cada vez más personales. Porque el ocio nunca ha servido solo para divertirnos. También ha sido una de las formas más importantes de construir relaciones, comunidad y cultura.

Esta tendencia conecta directamente con otro fenómeno en auge, el del consumo "healthy" y consciente, que también ha llegado al mundo del vino y las bebidas alcohólicas en general. Según datos de la consultora IWSR, en torno al 60% de los compradores de vino sin alcohol en los principales mercados analizados pertenece a la generación Z o a los millennials, una proporción que en Estados Unidos alcanza el 73% y en Reino Unido el 67%. El fenómeno, conocido internacionalmente como movimiento "NoLo" (no alcohol / low alcohol), ha dejado de ser un nicho para convertirse en una categoría de mercado en pleno crecimiento, impulsada por una generación que prioriza el bienestar y el consumo moderado sin renunciar del todo al ritual social que representa una copa.

Quizá esa sea la verdadera cuestión: ¿está preparado un modelo construido durante décadas en torno al alcohol como eje central de la experiencia para una generación que bebe menos y que, cada vez más, busca otras formas de ocio, socialización y diversión?

La respuesta todavía está escribiéndose. Y probablemente sea la próxima generación la que termine de escribirla.

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