Entrevistamos a THEAJM
Ciencia, sonido y simulación en la obra de un creador que habita múltiples realidades
Hay artistas que trabajan dentro de una disciplina concreta, mientras que Alex Morgan, bajo su alias Theajam, convierte su vida en parte de la obra. Lo suyo no es solo diseñar ni hacer “arte visual”, es construir un lenguaje donde el sonido, la imagen y las ideas conviven constantemente.
Desde Bristol, y con una cabeza bastante metida en la ciencia, el misticismo y la cultura de club, ha ido desarrollando un universo propio que no se apoya tanto en una estética cerrada como en una forma de pensar. Aquí los sonidos se convierten en imágenes casi de forma automática, las teorías cuánticas acaban transformadas en paisajes digitales y todo tiene ese punto entre lo futurista y lo espiritual que no sabes muy bien de dónde viene, pero funciona.
También está detrás de Dream Software, un sello donde esa conexión entre lo visual y lo sonoro se vuelve todavía más evidente, siempre con una idea bastante clara de fondo: imaginar un futuro donde la tecnología no lo arrasa todo, sino que conecta.
Hablamos con él sobre sus inicios pegando posters por Bristol, el papel de Internet en su desarrollo y cómo ha acabado construyendo un universo propio sin necesidad de explicarlo demasiado.
¿Recuerdas el momento en el que empezaste a verte más como artista que como alguien que simplemente diseñaba? ¿Cómo fueron esos primeros pasos en Bristol?
En cierto modo, ambas cosas han ido siempre de la mano. Siempre he creado artwork con la intención de que pudiera ser utilizado como diseño, ya fuese en merchandising, posters o material promocional para eventos. Pero las primeras piezas que hice, antes de que esto se convirtiera en una profesión, estaban basadas únicamente en mis propios intereses. Cada trabajo tenía conceptos personales integrados, y ahí es donde sentía que era puramente “arte”.
Ahora, aunque sigo trabajando dentro de esos límites conceptuales, hay piezas que hago para clientes que se sienten más como diseño, porque tengo que responder a un briefing y a un propósito específico. Así que sí, sigo sintiéndome artista y diseñador a la vez; ambos aspectos tienen que convivir para poder vivir de ello sin perder mi integridad creativa.
Los primeros años en Bristol fueron básicamente eso: crear sin un objetivo concreto. Hacía piezas basadas en mis propias ideas, las imprimía de forma DIY y las pegaba por la ciudad, o hacía stickers para colocarlos en The Bell. También las subía a Instagram, cuando todavía era un lugar donde el arte podía existir sin tener que “negociar con el diablo”.
Con el tiempo me di cuenta de que había una comunidad, tanto online como local, con una estética e intereses similares a los míos. Fue una etapa muy importante que convirtió ese hobby en una profesión freelance, y en la que conocí a personas que cambiaron completamente el rumbo de mi vida. Un punto de inflexión fue cuando me invitaron a participar en un fanzine de Corrupt Data, una plataforma DIY inspirada en la cultura rave del Reino Unido, con una estética retrofuturista y tecnológica muy marcada. A partir de ahí conocí a amigos para toda la vida y sentí que estaba en el lugar correcto, con la gente adecuada.
La ciudad tiene una fuerte historia ligada al sonido y a la cultura visual. ¿Cómo influyó ese contexto en tu forma de entender el diseño desde el principio?
Es cierto, pero no necesariamente la cultura visual y sonora con la que conecto del todo. Bristol siempre ha tenido una energía creativa muy DIY y vibrante, lo cual es inspirador y seguro que lo he absorbido.
Sin embargo, mi inspiración ha venido más de internet: de videojuegos como Anarchy Online, de buscar música y descubrir portadas 3D de CDs de trance y techno de los 90, como el trabajo de Phil Wolstenholme para la serie Artificial Intelligence de Warp, o de investigar teorías cuánticas y hacer bocetos visuales sobre ellas.
No creo que vivir en Bristol haya cambiado cómo entiendo el diseño, pero sí me ha dado una especie de impulso constante para seguir creando.
Desde tu perspectiva, ¿Qué hace única a Bristol hoy en día? ¿Qué espacios o escenas representan mejor esa energía?
No estoy seguro de que Bristol sea especialmente única hoy en día, más allá de ser una ciudad creativa y muy estimulante si sabes dónde mirar. Con el tiempo, las fronteras entre subculturas se han diluido bastante por culpa de internet. Hoy en día, pocos lugares son realmente “únicos”; eres tú quien tiene que serlo en un mundo saturado.
Dicho esto, sí creo que Bristol tiene un sonido muy particular que lleva tiempo desarrollándose. Una estética sonora más oscura, angular y cruda que viene desde Massive Attack o Portishead en los 90, hasta la escena actual de techno, bass, dubstep, breaks o drum & bass, muchas veces mezclándose entre sí.
En cuanto a espacios, Strange Brew es probablemente uno de los lugares que mejor canaliza y mantiene ese sonido, funcionando como un motor que permite que la escena siga expandiéndose. Aun así, creo que hacen falta más espacios pequeños y sostenibles donde colectivos puedan organizar eventos y recuperar ese espíritu original de la escena.
Más allá de referencias estéticas, ¿Qué personas, lugares o movimientos han influido realmente en tu forma de ver y crear?
Las ideas han sido siempre el eje principal. Me interesa seguir descubrimientos científicos, reflexionar sobre ellos y conectarlos con otras teorías que encuentro en diferentes ámbitos, para crear visualizaciones conceptuales a partir de sus paralelismos o contradicciones.
Me gusta mezclar temas como meditación, misticismo, teoría cuántica, computación, espiritualidad, teoría de la simulación, consciencia, metafísica, budismo o taoísmo, y encontrar formas abstractas de relacionarlos entre sí.
Un autor clave para mí es Fritjof Capra, especialmente su libro The Tao of Physics, donde conecta muchos de estos campos desde una perspectiva científica.
A nivel visual, Japón ha sido una gran influencia. La manera en la que conviven tradición y futurismo de forma armoniosa es algo que me impactó mucho. Allí no se percibe uno como superior al otro, algo que creo que Occidente perdió en algún momento.
Tu trabajo parece funcionar como un puente entre sonido e imagen. ¿Cómo consigues que ambos lenguajes convivan?
Siento que tengo una capacidad bastante natural para traducir el sonido en imágenes. Cuando escucho ciertas texturas o paletas sonoras, mi mente genera imágenes de forma intuitiva, como una especie de traducción visual. Eso hace que trabajar entre sonido e imagen sea bastante fluido, algo que ayuda mucho dentro de la industria musical. Mi proceso consiste básicamente en transformar esas imágenes internas en diseños que comuniquen la esencia del sonido, no solo para mí, sino también para otros.
Si tuvieras que describir tu universo visual sin usar etiquetas de estilo, ¿Qué sensaciones lo definirían?
Lo describiría como una realidad alternativa… o más bien múltiples realidades alternativas. Mi trabajo podría entenderse como una especie de simulación simplificada de nuestra existencia, como si formáramos parte de un sistema generado por un ordenador cuántico orgánico.
He creado un universo donde seres cromados actúan como formas de vida que navegan distintos mundos, experimentando nuevas situaciones dentro de entornos que yo mismo diseño. Es un universo de alta tecnología basado en biomecánica sostenible, donde procesos cuánticos a nivel celular ejecutan programas orgánicos dentro de una experiencia simulada llamada “realidad”.
Además del diseño, gestionas el sello Dream Software. ¿Cómo nace este proyecto y cómo se conecta con tu identidad creativa?
Nació durante el confinamiento, curiosamente. Creo que en ese momento mucha gente tuvo tiempo para desarrollar ideas más personales.
Siempre he tenido un gusto muy definido en cuanto a sonido, y sentía la necesidad de trasladar ese universo que percibo constantemente a algo tangible, creando un proyecto coherente que uniera estética visual y sonora.
Se conecta directamente con mi identidad porque intento construir una visión utópica del futuro, donde la tecnología y el internet sirvan para conectar a la humanidad en lugar de destruirla. Es una especie de realidad alternativa que me gustaría que existiera.
Musicalmente, todo tiene un tono optimista. Es la estética sonora que siempre me ha atraído: una sensación de conexión, intercambio libre de información y recursos… un mundo verdaderamente ciber-utópico.
¿Qué sonidos o corrientes musicales están más cerca de tu forma de crear?
Depende de cómo me sienta, pero siempre hay un componente de trance. Sus elementos hipnóticos me ayudan a concentrarme y a desarrollar ideas.
También intento que mi trabajo tenga un carácter psicodélico y “de otro mundo”, algo que conecta bastante con el sonido trance. Ese espectro va desde el futurismo electrónico más digital hasta lo orgánico y tribal, y refleja bastante bien mi forma de pensar, siempre entre la ciencia y el misticismo.
A nivel práctico, ¿Qué herramientas o procesos forman parte de tu workflow diario?
Trabajo casi siempre en digital, utilizando Cinema4D y Redshift para crear las piezas base, y luego Photoshop, After Effects e Illustrator para el post-procesado y elementos gráficos como tipografía.
A veces utilizo hardware analógico para vídeos más experimentales, como una Edirol V-4 o un mezclador de efectos de vídeo BPMC de 16 canales, que convierto a señal digital y grabo en el ordenador. Es un proceso mucho más táctil y experimental, aunque no sirve para todos los proyectos.
¿Cómo definirías tu estilo hoy en día y cuáles han sido tus principales referencias?
Diría que es un universo simulado donde ciencia y espiritualidad coexisten en paralelo… una especie de retrofuturismo con base orgánica. Quizá “psicodelia cuántica”.
A nivel visual, muchas de mis referencias se mueven en ese terreno entre naturaleza y surrealismo. Algunos artistas que me han influido son Phil Wolstenholme, Masamune Shirow, Tuco Amalfi, Hiro Osono, Peter Goodfellow y Vladimir Kush.
