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Entrevistamos a Laurine

Laurine nos cuenta cómo se rompe la inercia de la escena con una fuerza que no quiere atraer, pero que inevitablemente lo hace

  • Alessandra Sola
  • 13 January 2026
Entrevistamos a Laurine

La densidad de un campo magnético depende de la intensidad de la fuerza que lo genera. Es una ecuación de la física sencilla, casi ingenua, que explica cómo algunas energías orientan todo lo que las rodea de manera inconsciente, casi sin quererlo.

En las trayectorias de la música no es fácil encontrar artistas que respondan a las reglas del campo magnético. A menudo, hay una gran efervescencia detrás de los movimientos, los colectivos y los clubs. Y, aún más a menudo, detrás de esa efervescencia se esconde una idea rancia sobre la necesidad de aparentar, de llevar el propio arte a otro nivel solo por la urgencia de mostrar algo a alguien.

La fuerza de Laurine está precisamente ahí: en una autenticidad espontánea que nunca se ha planteado realmente ser algo o alguien, más allá de una artista que lleva su idea de música y de comunidad cada vez que se sube a la cabina, o cuando organiza un Slow Life con su familia de artistas, como ocurrió el último fin de semana de noviembre en Berlín, dentro del barco de Hoppetosse.

Cuidar su música y todo lo que ha orbitado a su alrededor en estos años parece ser para Laurine la misión que ha alimentado no solo su carrera, sino toda su vida.

La concentración que guía su selección musical habla de una pasión profundamente arraigada en su instinto, que siempre deja espacio, sin embargo, a una visión que quiere ir más allá de sus propios límites. Y, en un panorama musical en el que la zona de confort parece ser la vía más inmediata para llegar al público (y sacarle algo), esta constante necesidad de evolucionar genera precisamente esa fuerza del campo magnético de la que hablábamos unas líneas más arriba.

No me malinterpretéis, Laurine no activa energías únicamente de forma inconsciente y sin querer. Cualquier forma de expresión artística requiere trabajo duro, años y años de pruebas y setups para encontrar la propia dirección, la propia voz, en un mar en tormenta que a veces solo quiere recordarte cuánto estás dispuesto a resistir.

Y, ¿qué es el arte, si no nuestra —quizá última— forma de resistencia? Se lo hemos preguntado directamente a ella.

Empecemos por algo sencillo, pero fundamental. ¿Cómo estás? ¿Cómo estás viviendo este periodo de tu vida?

Hola Ale, este periodo está marcado por una gran tranquilidad, una sensación bastante rara para mí, ya que hasta ahora mi vida siempre ha estado caracterizada por la frenética. Me siento fuerte, lúcida y centrada, y eso me da la posibilidad de observarme y trabajar en un nivel interior muy profundo. Debo decir que le estoy cogiendo el gusto.

El último fin de semana de noviembre tuvo lugar la clásica reunión familiar en Hoppetosse (¿quizá deberíamos decir “en casa”?). ¿Te apetece contarnos cómo ha evolucionado Slow Life en los últimos años y cuáles son los objetivos para el futuro?

Aquí, hablando de tranquilidad… de vez en cuando también hace falta un toque de sana locura, y de hecho todavía estoy sin voz. Estoy realmente satisfecha por cómo salió el weekender: el viaje musical durante las 34 horas, la calidad del público, el sound system sonando a la perfección,… cada elemento estaba en su sitio y contribuyó a crear lo que para mí ha sido una de las mejores fiestas que hemos organizado nunca.
Salí con el corazón lleno de esperanza: todavía es posible recrear un ambiente de clubbing sano, serio y respetuoso, donde todas las personas están presentes por la misma razón: escuchar buena música, divertirse y compartir una experiencia auténtica juntas.
En cuanto a Slow Life, las cosas siempre han sido bastante estables desde el principio: hoy seguimos con el sello, las fiestas y… siento decepcionarte (risas), pero no tenemos grandes objetivos para el futuro más allá de seguir haciendo lo que siempre hemos hecho, el mayor tiempo posible y con la motivación adecuada.

El concepto detrás de Slow Life parece ser el reflejo de lo que tú y vosotros queréis ver en el mundo: energía positiva, sentido de pertenencia a una comunidad basada en el respeto y una felicidad consciente de la cual deriva una gratitud constante, tanto vuestra como de quienes os siguen. En un mundo donde los números cuentan más que la calidad, siempre habéis respondido con autenticidad. ¿Cómo ves hoy la escena en términos de autenticidad y evolución?

Antes de nada, gracias, has conseguido expresar con gran claridad y sensibilidad un concepto complejo, logrando representarnos por completo. Respondiendo a tu pregunta, diría que el momento en el que se encuentra hoy la escena forma parte de ese ciclo continuo de cambio que caracteriza todo en la vida: hay fases buenas y fases menos buenas, pero es precisamente gracias a las más difíciles que aprendemos a dar valor a las primeras.
En este momento, por usar un eufemismo, diría que la situación es un buen “regalito intestinal”. Pero quiero pensar que es solo un paso, una fase necesaria para volver a reconocer y apreciar aquello que quizás, en el pasado, dábamos por sentado.
Ha habido otros momentos en que las cosas parecían tomar un mal rumbo, por ejemplo cuando el vinilo parecía destinado a desaparecer con la llegada de Traktor, pero al final lo que es verdadero, sustancial y auténtico siempre ha conseguido sobrevivir y seguirá haciéndolo. Lo demás es pasajero.

¿Hubo un momento concreto, una especie de punto de inflexión, en el que viste un gran cambio en la escena electrónica actual?

Sí, diría que alrededor de 2015, cuando las redes sociales empezaron a ocupar un papel cada vez más central en nuestras vidas. Desde entonces, la escena comenzó a cambiar rápido y, en muchos aspectos, a empeorar de manera exponencial.

La cultura de la música electrónica nace de la experimentación y de la necesidad de muchas subculturas de sentirse parte de algo. ¿Crees que estos paradigmas siguen presentes en la escena actual?

Por supuesto, en la naturaleza humana está el deseo de sentirse parte de algo. El clubbing, en este sentido, siempre ha tenido un poder único: crear conexión. La diferencia está en la conciencia, en elegir pertenecer a algo verdadero basado en la sustancia y no en la apariencia. Porque solo lo que es verdadero consigue nutrir realmente el alma a largo plazo.

Y hablando de alma, la de tu música. Lo hemos dicho, siempre ha estado alimentada por “dogmas” imprescindibles, sin estar en contraste con una búsqueda constante. ¿Nos hablas un poco de eso?

La búsqueda constante va de la mano de la evolución, que es inevitable y necesaria, pero si no está arraigada en algo auténtico corre el riesgo de perder sentido o de llevarte a evolucionar en la dirección equivocada. Para mí, los “dogmas” son precisamente eso: un punto firme en el cambio continuo, una brújula que me guía mientras exploro nuevas direcciones.
Uno de mis dogmas principales es la autenticidad. Para mí significa elegir música que refleje de verdad lo que siento, sin perseguir modas o tendencias.
Es un camino largo llegar a entender quiénes somos realmente y qué música nos representa. Además, todo está en constante cambio, así que inevitablemente habrá momentos de confusión. Momentos que yo siempre recibo con gratitud, porque sin crisis no hay evolución.

Con el mercado y, peor aún, la sociedad tal como son hoy, a veces puede ser difícil mantener la inspiración. Sin embargo, pese a tu sensibilidad hacia estas cuestiones, pareces no perder el foco en lo que realmente importa. ¿De dónde sacas esa energía?

Primero, de dentro. Siento un profundo sentido ético en todo lo que hago, y cada acción o decisión está acompañada por un sentimiento, una señal visceral que me indica si es correcta o incorrecta, si está alineada con una frecuencia elevada o no.
Es algo imposible de ignorar y que juega un papel fundamental para mantener el foco.
Al mismo tiempo, tengo la suerte de estar rodeada de personas que me inspiran, que me han ayudado a comprender muchas cosas y a tomar conciencia, y sobre todo personas que comparten mis mismos valores, con quienes puedo intercambiar, crecer y apoyarnos mutuamente para seguir fieles a lo que para nosotros es realmente importante.

En estos más de veinte años de carrera, ¿hay algo que te habría gustado que siguiera igual que cuando empezaste a tocar? ¿Y algo que haya cambiado pero que no extrañas para nada?

Si hablamos de la escena en general, hay muchas cosas que me habría gustado que permanecieran igual respecto a cuando empecé, pero me he esforzado en elegir tres: la ausencia de redes sociales, del sync button y la gran cantidad de clubs que existían.
Las dos primeras han sido perjudiciales para lo que un DJ debería representar, para las habilidades necesarias y para el camino de crecimiento, que requiere tiempo para madurar lo imprescindible para llamarse DJ.

La tercera tiene que ver con el declive del clubbing y es una de las cosas que más me entristece. En aquel entonces, finales de los 90 y principios de los 2000, en Italia se podía decir que levantabas una piedra y había una discoteca. Las opciones eran muchísimas, y lo bonito era que cada una tenía su propia personalidad musical.
Por desgracia, hoy la situación es lo contrario: los clubs casi han desaparecido y los pocos que quedan luchan por sobrevivir. Vivimos en la era de los festivales, que pueden ser experiencias fantásticas, pero para mí nada se compara con la conexión que se crea en un club, con pocas luces y la cabina al mismo nivel que la gente.
Lo que sí me alegra que haya cambiado es la manera de buscar música. En aquella época ni siquiera tenía un ordenador y solo podía comprar discos en la tienda local, donde la selección no era tan amplia. Ahora, con plataformas como Discogs, tenemos a disposición una biblioteca vastísima de música, accesible con un solo click, y eso ha sido un paso fundamental en la evolución del DJing.

En cuanto a mi recorrido personal, no hay nada que desee que hubiera permanecido igual o que hubiera cambiado. Lo único, quizá, es aquella inocencia que tenía cuando empecé a tocar. Era más libre, menos estructurada, pero también más ingenua en mi propuesta.
Ahora todo tiene que ser mucho más meticuloso en mis sets: el flow, la selección, el concepto que quiero expresar.
Antes todo era más instintivo, aunque a veces confuso, mientras que hoy hay una mayor conciencia en cada elección, lo que implica un sentido más fuerte de responsabilidad y autocrítica.

Ya que hablamos de esto, ¿qué le dirías a la Laurine de su primera gig en Barcelona, donde ni siquiera quería tocar?

Siempre estarás nerviosa antes de tocar, así que acostúmbrate.

Ahora tú y Cecilio os habéis mudado, después de quince años, de Berlín a España. ¿De qué manera influye este cambio en vuestra música?

La música, o por lo menos como la vivo yo, refleja una frecuencia personal y única que cada uno de nosotros lleva dentro. Cada vez que me he mudado (de Italia a Barcelona, luego a Londres y de allí a Berlín) ha sido porque algo en mí quería cambiar, quería avanzar, pero el lugar donde estaba no me lo permitía. Mudarnos a Málaga surgió por la misma necesidad: progresar. Obviamente, cuando uno evoluciona, produce un cambio interno importante, y esto, quieras o no, se refleja en la música.
Es algo inconsciente, pero poco a poco te das cuenta de que te atraen otros tipos de sonidos y frecuencias, y que ciertas cosas que antes no resonaban ahora sí lo hacen.
Esto me ha estimulado mucho, porque se abren nuevos terrenos por explorar y nuevos conceptos por proponer.

La búsqueda constante de evolución en la música, aunque slow y nunca forzada, es lo que te ha movido desde los inicios de tu carrera. ¿La encuentras también en todos los demás aspectos de tu vida? ¿O hay cosas en las que te gusta detenerte?

Absolutamente, en cada aspecto. Y paradójicamente, a veces hay que detenerse para avanzar. Si no nos detenemos, no podemos escucharnos ni entender cuál es el camino correcto que debemos tomar.

Regálate un deseo para el futuro.

Sé feliz, estate en paz y deja que todo lo demás fluya.

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