El cofundador de Burning Man asegura que el festival ha “perdido su alma”
John Law, uno de los tres fundadores del encuentro, critica la transformación de Burning Man en un evento cada vez más asociado a las élites económicas y Silicon Valley
Burning Man vuelve a estar en el centro del debate. John Law, uno de los tres fundadores del célebre encuentro del desierto de Black Rock, ha asegurado que el festival que ayudó a crear en 1990 ha “perdido su alma anarquista” y que la versión actual es “apenas reconocible” respecto a sus orígenes.
Law compartió sus reflexiones en un ensayo publicado el pasado 29 de agosto en The San Francisco Standard, coincidiendo con la celebración de la edición de 2026. El cofundador, que no ha regresado al desierto desde 1996, reconoce que Burning Man continúa siendo una experiencia divertida y que todavía conserva parte del espíritu punk-industrial de sus primeros años, pero lamenta profundamente la dirección que ha tomado el evento.
“Lo que se convirtió me entristece un poco”, explica Law en su texto, en el que cuestiona especialmente la creciente comercialización del festival y su progresiva asociación con las grandes fortunas tecnológicas.
Cuando Burning Man comenzó en 1990, alrededor de 80 personas se reunieron en el desierto con pocos recursos, durmiendo en sacos sobre el suelo y construyendo colectivamente una experiencia basada en la creatividad, la experimentación y la participación. La propuesta estaba vinculada a movimientos contraculturales de San Francisco como la Cacophony Society y el Suicide Club, y no existía una separación clara entre artistas, público y organizadores.
Para Law, precisamente esa ausencia de jerarquías era uno de los elementos fundamentales del proyecto. El Burning Man original funcionaba, según explica, como una “confederación anarquista de iguales”, donde los participantes construían sus propios campamentos, vehículos artísticos, instalaciones y disfraces.
La transformación llegó con el crecimiento exponencial del encuentro. De las decenas de asistentes de sus primeros años, Burning Man pasó a reunir alrededor de 25.000 personas en 1999. En la actualidad, la organización espera que unas 70.000 personas participen en Black Rock City durante la edición de 2026.
Law señala especialmente la llegada de Silicon Valley como uno de los grandes puntos de inflexión. En su ensayo menciona a figuras como Elon Musk, Sergey Brin, Larry Page, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos como parte de una élite tecnológica que adoptó el festival como una especie de peregrinación anual.
El cofundador también pone el foco en la proliferación de los llamados plug-and-play camps, campamentos que ofrecen a sus asistentes una experiencia prácticamente preparada de antemano, con servicios que pueden incluir chefs privados, estilistas y otras comodidades. Para Law, esta realidad contradice directamente el espíritu de autosuficiencia y participación que caracterizaba al Burning Man de sus comienzos.
El festival se ha convertido, en sus palabras, en una especie de “Disneyland para los adinerados”: un espectáculo inmersivo y de enormes dimensiones concebido cada vez más para el consumo de las élites occidentales y de la clase creativa que las rodea.
La crítica de Law no se limita a la presencia de personas con grandes fortunas. También cuestiona la propia institucionalización de los valores de Burning Man. Según explica, los conocidos 10 Principios del festival, formulados por Larry Harvey en 2004, no existían como una filosofía fundacional durante los primeros años. Para él, la esencia de Burning Man estaba más relacionada con la acción, la colaboración y la experimentación que con la construcción posterior de un marco filosófico.
“Nadie debería ser dueño de esto”, sostiene Law al recordar su oposición histórica a la comercialización del evento e incluso su participación en acciones legales destinadas a intentar liberar sus marcas para el dominio público.
La paradoja, sin embargo, es que Law no considera que Burning Man sea un fraude. Reconoce que la experiencia continúa siendo genuinamente transformadora para muchas de las personas que participan en ella y que todavía existen comunidades que mantienen vivo parte del espíritu original.
Pero para su cofundador, eso no cambia el hecho fundamental: el Burning Man actual ya no es el que ellos crearon.
La reflexión llega en un momento especialmente significativo para el festival, que este año celebra su 40ª edición en Black Rock City. La polémica vuelve a plantear una cuestión que lleva años acompañando a Burning Man: ¿puede una experiencia nacida como espacio radicalmente contracultural mantener su espíritu cuando alcanza una escala masiva y atrae a algunas de las mayores fortunas del mundo?
Por ahora, miles de Burners continúan reuniéndose en el desierto para construir su propia ciudad temporal. La pregunta es si, cuatro décadas después, esa ciudad sigue perteneciendo a quienes la construyen o si, como sostiene uno de sus creadores, se ha convertido en algo muy diferente.
